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Pantala, ejemplo de moda responsable

renting moda fashion

El sector de la moda está en plena revolución. Los consumidores no compran de la misma manera, exigen más sostenibilidad, conocer de dónde vienen los productos y más importante aún, no gastar demasiado dinero por estar a la moda. Tal y como publica DIARIO SUR, Pantala es una plataforma española de renting de moda. ¿Será este uno de los nuevos caminos del sector retail?

El ‘Netflix de la moda’ de cuatro andaluces que ya tiene a 5.000 personas en lista de espera

Pantala, un proyecto de jóvenes sevillanos, pretende fomentar el consumo responsable de ropa mediante un sistema de renting mensual con una tarifa plana de 59 euros.

‘La revolución del renting ya está aquí’. Así se presentan en su página web. Y el gancho parece haberles funcionado. Según reza en su formulario 5.000 personas están ya apuntadas en lista de espera deseosas de probar el novedoso proyecto de estos cuatro jóvenes sevillanos que pretenden cambiar la forma de consumir moda. ¿Su filosofía? En plena era del ‘fast fashion’ apostar por un modelo de negocio sostenible y respetuoso con el medio ambiente. El ‘Netflix de la ropa’, aseguran en su carta de presentación.

Con estas costuras nace ‘Pantala’, una web impulsada por el Centro de Emprendimiento y Espacio Coworking (CADE) de la Universidad Pablo de Olavide (UPO). Su puesta de largo fue el pasado martes, aunque su página aún está en desarrollo a la espera de poder acceder a las prendas que ofertarán el alquiler y activar los primeros pedidos. Su funcionamiento es sencillo: el usuario elige tres prendas del catálogo que recibirá en casa para poder darle uso durante 30 días. Finalizado el mes, toca devolver la ropa y seleccionar otras tres piezas para volver a estrenar. Y todo ello previo pago de una tarifa plana mensual de 59 euros sin requisito de permanencia. «Con ello, los suscriptores de la plataforma podrán renovar su armario cada mes sin tener que acumular espacio en el armario con ropa que no se usa», defienden los padres de este proyecto, liderado por Andrés García, Francisco Sánchez, Pilar Olmedo y Lola Hernández.

El objetivo principal de Pantala, según explican sus fundadores, es reducir el impacto de la industria de la moda, una de las más contaminantes del mundo. Para ello esta ‘startup’ busca eliminar del armario de millones de españoles prendas que solo ocupan espacio sin que realmente usemos, una idea que ya funciona en otros países como Estados Unidos y que confían que cale entre los consumidores españoles.

La idea ya funciona en otros países como Estados Unidos y sus impulsores confían en que cale entre los consumidores españoles

Una nueva forma de concebir la moda que han querido resumir en su propia denominación de marca. «Pantala es una especie de libélula que se pasa toda su vida viajando. Somos una parte diminuta del mundo, pero podemos llegar muy lejos siendo libres. Nosotros queremos aportar esa libertad que necesitas a través de la moda, permitiéndote acceder a todas las prendas que quieras sin tener que comprarlas. Queremos que viajes por distintos estilos, que experimentes nuevas prendas y que conozcas nuevas marcas. Que te sientas libre de elegir qué quieres llevar y cuándo lo quieres usar», sostienen.

Un viaje a Indonesia les abrió los ojos

En el caso de estos jóvenes, fue un viaje a Indonesia el que les dio el empujón que necesitaban para lanzarse a la aventura empresarial. «Descubrir el gran impacto que tiene nuestro consumo en el planeta fue el comienzo de todo junto a nuestra pasión por el emprendimiento e interés por la moda«, relatan. «Hemos decidido apostarlo todo y dejar nuestros trabajos en consultoría y en una ‘startup’ en Londres porque no tenemos duda del potencial de Pantala», añaden 

Siguiendo esa filosofía ‘eco friendly’, su catálogo se limita a marcas sostenibles y de diseñadores españoles, con el objetivo de promover el consumo responsable. «Queremos operar con firmas que tengan valores y cuenten una historia con su manera de trabajar, cuidando el entorno y a cada uno de sus trabajadores», aseveran.

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¿Greenwashing o sostenibilidad real en moda?

ropa vegana nueva tendencia

Primero fueron las pieles. Muchas marcas dejaron de fabricarlas. Luego la lupa se puso en las fábricas deslocalizadas en países en desarrollo. Ahora llega una nueva tendencia: los colecciones de moda vegana. Sin embargo, este interés repentino, ¿es una preocupación real de las grandes marcas o se trata de una maniobra más de la industria para seguir vendiendo? Tal vez un poco de ambas como explica en el articulo YOROKOBU.

Ropa vegana: desfilando entre el éxito y la contradicción

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Las botas de Dr. Martens han conectado el punk de los 70 con el veganismo actual. Décadas de calzar movimientos contrahegemónicos que, más allá de la reputación cultural, demuestra ser una estrategia rentable en términos comerciales, pues tal y como explicó un portavoz de Doc Martens a la revista Quarz, en los últimos dos años la marca británica ha registrado un aumento del 279% en la venta de sus zapatos veganos. 

La moda cruelty free viene pisando fuerte. Al margen del dato concreto –es el 5% del total en una facturación de 512 millones de euros–, el porcentaje refleja la tendencia alcista en la producción y el consumo de prendas elaboradas sin productos animales. Ropa que evidentemente prescinde de la piel o el cuero, pero  que también extrema la vigilancia en los procesos de fabricación, donde casi siempre intervienen adhesivos de origen animal. 

Al frente de esta moda se sitúa la diseñadora Stella McCartney –hija del ex-Beatle– y lidera una corriente subterránea que está removiendo los cimientos de la industria textil, modificando su estructura vertical desde la alta costura hasta la moda popular. Por un lado, firmas como Gucci, Armani o Versace han decidido renunciar a las pieles; por otro, Zara y H&M lanzan colecciones sostenibles para darle un respiro al planeta. 

Ropa vegana
Colección Mireia Playà

Pero la maniobra despierta suspicacias. «Estas marcas jamás mostraron interés en el veganismo y ahora se suben al carro porque, de ese modo, tienen más capacidad de atracción. Es mero greenwashing, marketing verde para vender más», opina Guillermo Martínez, dueño de This Shop is Bananas, una tienda de ropa vegana, en Valencia, que abraza la tendencia desde la honestidad moral. En su local convergen  clientes concienciados y turistas curiosos, pero de momento ganan los segundos por goleada: la moda vegana carece de repercusión en España.

«Cuando cuentas que haces zapatos veganos, siempre te preguntan si son comestibles», confiesa Mireia Playà, dueña de una marca vegana con su nombre. «Aquí vamos bastante retrasados respecto al resto de Europa; supongo que tiene que ver con el hecho de que seamos un país productor de calzado de piel», opina. En la misma línea se expresa la también diseñadora María Ripollés, dueña de la marca Slowers, quien redunda en la idea de que hemos tardado en coger la ola: «En 2013 estuve en Alemania en una feria de moda sostenible y había cantidad de gente vegana; aquí han tenido que pasar seis años para empezar a notar ese impacto. Y aún estamos lejos de países como Italia o Inglaterra». 

Pero ¿por qué empieza a calar ahora la tendencia en España? Por la misma razón que critican a Jennifer López al vestir pieles de animales siendo vegana declarada. Por coherencia. Según datos de la consultora Lantern, el segmento veggie de la población española ha aumentado un 27% en los últimos dos años –supondría un 9,9% del total si hacemos caso a la misma fuente–, de modo que el aparente auge de la costura verde es en realidad una prolongación estética de la explosión que vive el veganismo identitario.

Esta explosión pronosticada por los analistas para el 2019 se da en la confluencia de tres factores desencadenantes, que son: la preocupación por el cambio climático, la conquista del bienestar animal y el cuidado de la salud. Activistas y agentes culturales se sirven de los tres argumentos para colocar la agenda vegana en el escaparate de las guerras culturales, y lo hacen por medio de las redes sociales o mediante el brazo audiovisual del movimiento, Netflix, verdadera fábrica de veganos con producciones como Cowspiracy, What the health o Okja. Luego, en el mismo eje de influencia, dándole un barniz glamuroso al movimiento, estarían estrellas como Natalie Portman, Ariana Grande, Woody Harrelson o Ellen DeGeneres. 

Pero fuera del cine y la televisión seguramente ha funcionado otro factor más potente en la generación de conversos: el cambio en la estrategia de seducción. Allá por los 80 el veganismo era un pulso al sistema con rasgos propios del anarquismo, tanto en el pensamiento como en la vestimenta, pero casi medio siglo después, ese pulso es en un masaje y el veganismo ha saltado de la trinchera a las páginas de lifestyle sobre las suelas de unas Dr. Martens sintéticas. Ya no resulta incómodo, al contrario: el movimiento ha atrapado el capital de Bill Gates, Jeff Bezos o Richard Branson.

Ropa vegana
Colección Mireia Playà

Así, a base de cultivar adeptos, ganar músculo y producir ideas, el veganismo ha terminado penetrando la moral contemporánea hasta el punto de redefinir conceptos universales como la belleza. ¿Es bonito el cuero? ¿Cuánto tiene de bello y cuánto de repugnante? «Basta con ver vídeos en YouTube de cómo tratan a las vacas para querer rechazar el cuero en algo tan accesorio. Con las plumas pasa un poco lo mismo. Muchas de las plumas utilizadas en el textil son arrancadas de animales vivos», relata Guillermo Martínez. El fast fashion es, a todas luces, violento para los animales y la salud del planeta, con lo que no hay duda de que debe adoptar fórmulas más sostenibles. Falta decidir cuáles. ¿Estandarizar la ropa vegana?

Volvamos al ejemplo que abre el texto. La app Good On You, dedicada a evaluar los principios éticos de las marcas, indica que el trabajo de Dr. Martens «no es suficientemente bueno» por las siguientes tres razones: carece de políticas sólidas sobre el uso de energía, el uso de agua, la gestión de aguas residuales y las emisiones de gases de efecto invernadero; en materia laboral, no ofrece garantías de estar pagando salarios dignos –tiene fábricas en China y Vietnam–; y en cuanto al uso de pieles, aunque han introducido un línea vegana, tampoco aportan transparencia en la utilización de materiales alternativos. «Podrían estar hechos de cloruro de polivinilo (PVC), uno de los plásticos más dañinos para el medio ambiente según Greenpeace», informa la app. 

Otros sustitutivos populares a la ropa no vegana son la viscosa (rayón) y el poliéster, dos materiales que suelen simular el tacto y la textura de la seda o la lana y que tienen consecuencias muy perniciosas para el medio ambiente. El poliéster se compone esencialmente de microplásticos y la viscosa se produce de forma sintética en procedimientos muy tóxicos, pero así y todo la asociación PETA por los derechos de los animales y otras asociaciones veganas incluyen estos materiales como alternativas «éticas».

Es una de las contradicciones a las que se enfrenta el movimiento: vegano no siempre significa sostenible. «Últimamente veo que las marcas que vendemos vegano estamos preocupándonos de buscar cierta sostenibilidad, pero realmente existe esa contradicción. Si vendes zapatos malos de polipiel fabricados en la otra punta del mundo, con normas laborales menos estrictas y la necesidad de buscarte un transporte transoceánico, aunque no utilices pieles en el proceso productivo puedes ahorrarte la etiqueta de sostenible», afirma María Ripollés. 

Mireia Playà, por su parte, cree que la desconfianza en las alternativas veganas es artimaña de la industria para frenar el auge de este tipo de moda, e ilustra su intuición con un gráfico del informe Pulse of the Fashion Industry –edición del 2017. pág. 42, Exhibit 16– que efectivamente resuelve las suspicacias: si bien el poliéster, el rayón o el polipropileno serían tan tóxicos como el cuero de vaca, con el uso de este último material se dispararían las emisiones de gases de efecto invernadero, la eutrofización –contaminación de aguas– o el agotamiento de agua para consumo humano. 

Ambas posturas son compatibles. La moda vegana puede generar menos impacto medioambiental y a la vez incurrir en las dinámicas turbocapitalistas del fast fashion. Puede cuidar a los animales y maltratar a las personas. Engendrar paradojas: según The Atlantic, en Israel, el ejército de Reuven Rivlin estaría ofreciendo a sus soldados veganos botas de combate sin cuero y boinas sin lana para que puedan marchar a la batalla sabiendo que ninguna criatura viviente ha sido perjudicada en su aprovisionamiento; luego, en faena, la cosa cambia.

Ropa vegana
Colección Mireia Playà

«Vegano puede ser cualquier cosa fabricada sin piel, pero no es sinónimo de ético, por esa razón el cambio en la industria debe llegar siempre desde la sostenibilidad», enuncia Gema Gómez, directora de Slow Fashion Next –plataforma referente de formación en moda, sostenibilidad y negocio–, y recomienda: «Hemos de regenerar todo el daño que hemos hecho hasta ahora, porque si no lo hacemos, si no creamos empresas resilientes, el futuro de los que vienen detrás estará tremendamente comprometido». 

Algunas medidas se están tomando, por supuesto. Las marcas consultadas abren salidas de emergencia al fast fashion con más compromiso que capacidad, pero ahí están, ofreciendo resistencia. Y no son las únicas.  «En los últimos años han surgido proyectos como la marca española Ecoalf, responsable de elaborar piezas con materiales reciclados tipo botellas de plástico o redes de pesca; o como el Piñatex de la diseñadora española Carmen Hinojosa, un material procedente del filamento de las hojas de piña que sustituye al cuero», anota Guillermo Martínez sobre lo que supone, este último, un gran avance para la moda cruelty free

La ropa vegana es un nicho en crecimiento que estaría respondiendo a la sensibilidad de los nuevos tiempos. De su lado tiene el potencial para resetear una industria frenética –el 50% de la ropa que fabrican las cadenas de fast fashion acaba en la basura en menos de un año–, el compromiso de una militancia muy activa y el escaparate de quienes definen las nuevas éticas y estéticas. En su contra, la duda que frecuentemente aparece en buena parte de las revoluciones: ¿somos la mejor alternativa posible? 

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